LA CUARESMA: El Hijo Que Se Quedo

LA CUARESMA: El Hijo Que Se Quedo Compartelo



Miercoles, 13 de marzo del 2019

Sigamos hablando hoy de “La Parábola del Hijo Pródigo”, o como a mi mejor me parece, “La Parábola del Padre Asombroso”. Pero hoy nos concentraremos en el hijo mayor, el hijo que no se fue a ninguna parte, el hijo que se quedó en casa.

Casi nunca se habla de él. Casi siempre el enfoque de la parábola está en el hermano menor, él que se fue, que derrochó su vida, y que un día volvió a casa quebrantado y arrepentido. O el enfoque está en el padre: paciente, misericordioso, perdonador y generoso. Pero pocas veces se habla del hijo mayor. Miremos hoy lo que podemos aprender de él …

El hijo mayor aparece en la primera escena de la historia, pero sutilmente. Era uno de dos hijos de un hombre. Cuando el padre de la familia repartió sus bienes como se lo había pedido el hijo menor, parece que el hijo mayor aceptó su parte así como la aceptó el menor. Lo interesante es que, en la cultura judía, el hijo mayor debería haber mediado entre padre e hijo menor, defendiendo a su padre, cuando ése de una forma tan maleducada le pidió la herencia – pero el hijo mayor se quedó callado, y solo tomó la parte de los bienes que le correspondía.

El hijo mayor vuelve a aparecer en la historia unas tres escenas más tarde, cuando el hijo menor ya había vuelto a casa, y la fiesta y el regocijo en su honor ya habían comenzado. Regresó del campo, se acercó a la casa, oyó música y danzas, y seguramente con sorpresa y curiosidad preguntó qué era aquello. Pero en vez de alegrarse con la noticia de que su hermano menor que se había perdido por tantos años había vuelto salvo y sano, se enojó y no quiso entrar a la fiesta, ni para verlo, ni para celebrar junto con él. ¡Qué desplante para la familia! En la cultura judía, era la responsabilidad del hijo mayor servir a los invitados de una fiesta; pero este hijo mayor no quería ni entrar, ni saludar, ni mucho menos servirles.

Pero su padre lo vio afuera, y contra toda buena costumbre judía, humildemente se escapó de la fiesta para rogarle al hijo que entrara. ¡Tanta paciencia del padre frente a tanta descortesía del hijo mayor!

Fue entonces, cuando el hijo mayor arrancó con su reclamo: que tantos años sirviendo al padre – que jamás en desobediencia – y que nunca el detalle del padre de un cabrito para gozarse con sus amigos (interesante que no quería gozarse con el padre …) – que al regresar “éste tu hijo”, habiendo consumido los bienes del padre con rameras (¿cómo sabia? ¿se lo suponía?), el padre había matado el becerro gordo en su honor. ¡Una retahíla de quejas de una vida monótona de dura pero obediente servidumbre!

Pero el padre, eternamente paciente y tierno, le respondió: “Hijo, tu siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas…” Mientras el hijo mayor se concentraba en lo que hacía (tantos años sirviendo y jamás desobedeciendo), el padre pensaba en la relación (“tu siempre estás conmigo”) – mientras el hijo mayor se quejaba de nunca recibir ni un cabrito, el padre le aseguraba que todas las cosas que tenia eran de ambos (si no recibió algo del padre, es porque nunca se lo pidió).

Siempre el hijo mayor se estaba comparando con su hermano menor: de si mismo habló tan bien (“tantos años te sirvo, habiéndote desobedecido jamás”), mientras de su hermano habló muy mal (“este tu hijo … ha consumido tus bienes con rameras”) – mientras él, tan “merecedor”, nunca recibió ni un cabrito (por todos sus años de obediente servicio) su hermano menor, tan “pecador”, fue festejado con un becerro gordo (por su vida desperdiciada). ¡No era justo! ¿Por qué tanto derroche de amor por un hijo tan pródigo? ¿Y yo?

Miremos por un momento las relaciones familiares entre los tres:

-    el hijo menor, tanto en su época de rebeldía como después de su regreso a casa, siempre se dirigía a su padre llamándolo “Padre”; el hijo mayor empezó su reclamo a su padre con “He aquí…”
-    cuando hablaban con el hijo mayor, el padre y el criado se refirieron al hijo menor con las palabras “tu hermano” y “éste tu hermano”; el hijo mayor se refirió a su hermano con las palabras “éste tu hijo”
-    aunque el hijo mayor nunca habló con respeto al padre, el padre lo llamó  “hijo”: en griego “teknon”, una palabra para “hijo” expresando especial amor y afecto (la misma palabra para “hijo” que usó Maria cuando encontraron a Jesús a los doce años hablando con los doctores de la ley en el templo: “…Hijo, ¿por qué nos has hecho eso? …” – Lucas 2:48)

Vemos que el hijo mayor, que toda la vida vivió en la casa con su padre, tenía relaciones llenas de amargura y rencor con sus familiares. No le interesaba volver a ver a los que se habían ido. A los que tenía en casa, los trataba con irrespeto. Nada de aprecio. Nada de amor. Solo rabia, celos y resentimiento.

El problema era, que el hijo mayor no veía “la viga” en su propio ojo porque estaba tan pendiente de “la paja” en el ojo de su hermano menor. Solo se enfocaba en los pecados tan numerosos y tan graves de su hermano, pero no se daba cuenta que sus propios pecados eran igual de numerosos y graves.

El hijo mayor estaba en la casa de su padre, sí – pero lejos del padre mismo. Estaba presente en cuerpo, pero no de corazón. Todos los años viviendo juntos, pero con una relación fría, calculada, y llena de amargura y rencor hacia su padre. Tanto, que no podía ver cuanto el padre lo amaba, con cuanta paciencia y ternura lo trataba, cuanto anhelaba vivir en una íntima relación de amor y aprecio con él. El hijo mayor no era como el hijo menor: nunca se fue, literalmente, de casa. Pero estando todos los años en casa, aun así estuvo lejos, lejos del corazón de su padre.

Amado: ¿Será que tú eres como ese hijo mayor? Nunca te has ido del lado de tu Padre Celestial; pero, ¿será que, estando cerca en cuerpo, estás lejos de Su corazón? ¿Será que tú miras tu relación con El en términos de años de fiel y obediente servicio, pero no piensas simplemente en estar con Él? ¿Será que tu relación con El se ha enfriado y llenado de ira y amargura? ¿Será que te estás comparando con otros hermanos cristianos tuyos, y sientes que Dios Padre derrama más amor y bendición sobre ellos que sobre ti? 

Amado: aunque no sabemos si el hijo mayor jamás lo hizo, tu sí puedes reaccionar como lo hizo el hijo menor. Vuelve en sí, arrepiéntete, confiesa tu pecado, levántate, y regresa al corazón de tu Padre Celestial. No tienes que ir muy lejos – ya estás en casa. Solo tienes que dejarlo esparcir agua limpia sobre tus inmundicias, y que te de un corazón nuevo, un corazón de carne, sano, sensible y lleno de amor por El (Ezequiel 36:25,26).



Más Contenidos [+]