LA CUARESMA: El Escogio Los Clavos - El Regalo del Velo Rasgado II

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Martes, 16 de abril de 2019

En Mateo 27:50-51 vemos que algo sucedió cuando Jesús entregó el espíritu en la cruz. “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo …”

Miremos por un momento este velo, cómo era y qué significaba. Era azul, purpura, carmesí y de lino torcido; era hecho de obra primorosa, con querubines; era puesto sobre cuatro columnas de madera de acacia cubiertas de oro, y debajo de los corchetes. El velo hacía separación entre el Lugar Santo y el Lugar Santísimo, donde Dios mismo aparecía en una nube sobre el propiciatorio que estaba encima del arca del testimonio. Solo el sumo sacerdote, y solo una vez al año (en el Día de la Expiación, cuando Dios limpiaba el pueblo de todos sus pecados), podía entrar al Lugar Santísimo, y solo si estaba lavado su cuerpo con agua y si él estaba vestido de las santas vestiduras de lino. (Éxodo 26:31-34 y Levítico 16:2-4, 29-34)

El velo era una cortina en el Templo de Jerusalén que separaba el Lugar Santísimo del resto del Templo. En el Lugar Santísimo reposaba la “gloria shekina”, la gloria del Dios Altísimo, la presencia del Dios vivo en toda Su santidad y todo Su poder. Allí estaba el arca del testimonio, y el propiciatorio con dos querubines en sus dos extremos. Los judíos comunes podían llegar hasta el patio exterior del Templo; los sacerdotes hasta el Lugar Santo; solo el Sumo Sacerdote, y solo un día al año, podía entrar hasta el Lugar Santísimo con la sangre de un becerro para expiación y de un carnero para holocausto, así haciendo expiación por los pecados del pueblo.
 
Si y cuando otros entraban indebidamente, morían al instante. Por eso, el Sumo Sacerdote siempre entraba con unas campanas en el borde de la vestimenta y con un cordón puesto alrededor: si el Sumo Sacerdote se demoraba para salir y si las campanas paraban de sonar, los demás sacerdotes asumían que el Sumo Sacerdote había muerto, y con el cordón sacaban el cadáver del Lugar Santísimo para no tener que entrar ellos mismos y morir también.
 
El velo del templo demostraba y significaba en una forma visible que Dios es santo, apartado e inaccesible; y que nosotros somos pecadores y alejados de Él.
 
“Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo …” (Mateo 27:50,51) “Y he aquí” era como decir “en ese momento”. En el mismo momento que Jesús murió, Él mismo entregando Su espíritu, el velo del Templo se rasgó. Un momento el velo estaba entero, y al siguiente estaba partido en dos. El velo del Templo se rasgó en dos, “de arriba abajo”. No fue un accidente; fue el plan y el propósito de Dios que el velo se rasgara y quedara partido. Dios mismo lo rasgó desde arriba hacia abajo. Recuerda que el tamaño de la cortina era de 20 metros de alto por 10 metros de ancho, y seguramente hecha de una tela gruesa y pesada. Manos humanas no eran capaces de rasgarla. Solo Dios mismo podía partirla. ¿Será que Dios la partió en dos (y no en tres o cuatro o más) para que quedara como una puerta, ya no cerrada a todos menos el Sumo Sacerdote una vez al año, sino permanentemente abierta a todo aquel que quisiera entrar?

Hebreos 10:19,20 dice: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne …” “El velo, esto es, … su carne”: “Hablar del velo del Templo era lo mismo que hablar del cuerpo de Cristo. El cuerpo de Cristo fue desgarrado por los azotes, por las espinas, por el peso de la cruz, y por los clavos. Al morir Jesús, el velo también fue desgarrado. Lo que ocurrió al uno ocurrió también al otro.” (ML)

Como lo dice Hebreos 10:19, no había libertad para entrar en el Lugar Santísimo antes de la muerte expiatoria de Jesús. Antes, el velo separaba un Dios santo e inaccesible de una raza humana pecadora. En el Antiguo Testamento, Job 9:33 dice: “No hay entre nosotros arbitro, que ponga su mano sobre nosotros dos.” Pero en el Nuevo Testamento, 1 Timoteo 2:5 dice: “Porque hay un solo Dios,  y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre …”
 
¿No es mediador él que “se pone entre”? ¿No era Jesús la cortina entre nosotros y Dios? Ahora, por la sangre expiatoria de Jesucristo, “por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través … de su carne “, ahora sí hay libertad para acercarnos a Dios. Ya no hay barreras entre nosotros y la presencia de Dios en el Lugar Santísimo. Efesios 2:18 dice: “porque por medio de Él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.”
 
Ya no se necesitan sacerdotes entre nosotros y Dios, porque Hebreos 2:17 dice que Jesús fue misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.
 
Ya no hay necesidad de sacrificios de animales para expiar nuestros pecados, así como lo explica Hebreos 10:11,12 y 9:25,26: “Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados …” Cristo no entró en el Lugar Santísimo del Templo en Jerusalén, que solo era una figura del verdadero; Cristo entró en el cielo mismo para presentarse por nosotros ante Dios. No entró para ofrecerse muchas veces, “como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena”. “Se presentó una vez para siempre por el sacrificio de Sí mismo para quitar de en medio el pecado."
 
Por todo esto, podemos hacer lo que dice Hebreos 4:16: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”

“Pero tenemos una tendencia a tratar de volver a poner la barrera. Aunque no hay cortina en el templo, hay una cortina en el corazón.” (ML)

A veces, muchas veces, nuestra conciencia de culpa y de vergüenza por los pecados cometidos se transforma en un velo que nos vuelve a separar de Dios. Como resultado, tratamos de escondernos de Él, mantener la distancia, perdernos de Su presencia. Pensamos que Dios está decepcionado o aun enojado con nosotros. Pero no es así: Dios nos espera, no nos está evitando, y no nos está apartando. El velo entre nosotros y Dios sigue desgarrado y roto. La puerta hacia Su presencia sigue abierta. Y Él sigue invitándonos a que entremos.

“No confíes en tu conciencia. Confía en la cruz. La sangre ha sido derramada y el velo roto. Dios te da la bienvenida a Su presencia. Y no tienes que llevar galleticas.” (ML)
 
(Libro por Max Lucado, Reflexión por Beverly Ramirez)


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