La Cuaresma Dia 18 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

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La Cuaresma Dia 18 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

LA CUARESMA DIA 18: Martes Marzo 6

 

“Finalmente, durante la fiesta de la pascua, después de rechazar las ambiciones de sus discípulos y darles una lección de humildad al lavarles los pies, nuestro Señor anunció la traición de que sería objeto. Así como la primera escena del drama, cuando se hizo la promesa del Pan de Vida, señaló el comienzo de la traición, ahora la escena que se desarrollaba en el aposento alto, con la entrega del mismo Pan, señaló su fin. “Mientras estaban comiendo, les dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar. Y ellos se entristecieron en gran manera; y comenzaron cada cual a decirle: ¿Acaso soy yo, Señor?” (Mateo 26:21-22)

 

“Después de lavar los pies de los apóstoles, conociendo Jesús que el traidor se hallaba entre ellos, dijo: ‘Vosotros estáis limpios, mas no todos.’” (Juan 13:10)

 

A fin de que sus apóstoles supieran que no era inesperada aquella herejía, cisma o apostasía en las filas de ellos, les citó el salmo 40 para demostrarles que aquello era el cumplimiento de la profecía: “El que come mi pan, levantó contra mí el calcañar. Desde ahora os lo digo antes que se haga, para que cuando se hiciere, creáis que yo soy.” (Juan 13: 18-19)

 

Únicamente quien haya sufrido tal traición de parte de los de la misma familia podrá llegar a comprender la amargura que invadió el alma del Salvador aquella noche. Todos los buenos ejemplos, consejos, compañerismo e inspiraciones resultan estériles para aquellos que quieren hacer el mal o tienden a la destrucción. Una de las expresiones más vigorosas para indicar la tristeza de nuestro Señor fue usada ahora para describir su amor a Judas y la condenación que éste mismo había querido voluntariamente para sí: “Cuando Jesús hubo dicho esto, fue turbado en su espíritu, y declaró: ‘En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar.” (Juan 13:21)

 

Aquel “uno de vosotros” era uno cuyos pies Jesús había lavado, uno al que había llamado a la misión apostólica de difundir su Iglesia por todo el mundo después de la venida del Espíritu Santo; uno cuya presencia soportó el Señor con tanta paciencia, que ninguno de los apóstoles sabía quién era. “Los discípulos entonces mirándose unos a otros, dudando de quién hablaba.” (Juan 13:22)… Nada les habría atribulado más que saber que uno de ellos había traicionado al Príncipe de la Paz. “Ellos se entristecieron en gran manera; y comenzaron cada cual a decirle: ‘¿Acaso soy yo, Señor?’” (Mateo 26:229… “’Es aquel para quien yo mojare el bocado, y se lo diere’... Y habiendo mojado el bocado, lo dio a Judas, hijo de Simón, el Iscariote.” (Juan 13:26)

 

Durante la primera parte de la comida de pascua, tanto nuestro Señor como Judas habían estado comiendo de la misma fuente. El hecho de que nuestro Señor escogiera el pan como símbolo de la traición debió de recordar a Judas el Pan prometido en Cafarnaúm. Humanamente hablando, parecía que nuestro Señor había de denunciar a Judas delante de todos, pero, al contrario, en un último intento de salvarle, usó aquel trozo de pan como símbolo de amistad. “Mas Él, respondiendo, dijo: ‘Aquel que mete la mano conmigo en el plato, ése es el que me entregará. El Hijo del hombre se va en verdad, como está escrito de Él; mas ¡ay de aquel por quien es entregado el Hijo del hombre! Bueno le fuera a tal hombre no haber nacido. (Mateo 26:21-24)

 

En presencia de la Divinidad, nadie puede estar seguro de la propia inocencia, y cada uno de los apóstoles preguntó: “¿Acaso soy yo?” Todas las personas son un misterio para sí mismas, por que conocen que en su interior yace dormida una serpiente que en el momento más inesperado puede tratar de inficionar con su veneno al prójimo o, incluso, a Dios. Uno de ellos podía estar seguro de que era el traidor, pero ninguno podía estar seguro de no serlo. En el caso de Judas, aun cuando nuestro Señor reveló que conocía su traición, se trataba de una determinación fijada a obrar el mal. A pesar de que se descubrió que su delito era conocido y del hecho de que su maldad había sido puesta al desnudo, no se avergonzó de consumar su mala acción en toda su monstruosidad. Algunas personas se horrorizan de los propios pecados cuando alguien se los echa en cara. Pero aquí Judas vio que se describía su traición en toda su fealdad, y vino a decir prácticamente, como Nietzsche: “¡Oh mal, sé tú mi bien!”…. “’Es aquel para quien yo mojare el bocado, y se lo diere... Y habiendo mojado el bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón, el Iscariote.” (Juan 13:26-27)

 

Al decir Nuestro Señor: “Es aquel para quien yo mojare el bocado”, estaba en realidad haciendo un gesto de amistad. Ofrecer un bocado parece haber sido una antigua costumbre tanto griega como oriental. Sea lo que fuere, Sócrates dijo que dar un bocado a un comensal era una señal de favor. Nuestro Señor dio a Judas la oportunidad de arrepentirse, y lo mismo haría más tarde, en el huerto de Getsemaní. Pero, aunque nuestro Señor le abría la puerta, Judas no quiso entrar. Más bien fue Satán quien pasó por ella: “Y, tras el bocado, entró en él Satán. Y entonces Jesús le dijo: ‘Lo que vas a hacer, hazlo pronto.’” (Juan 13:27)

 

Satán sólo puede posesionarse de víctimas voluntarias. La señal de clemencia y amistad que la víctima hizo al que iba a entregarle debió conmover a Judas a un sincero arrepentimiento. Aquel pedazo de pan debió de quemarle los labios, de la misma manera que los treinta siclos de plata quemarían más tarde sus manos. Unos minutos antes las manos del Hijo de Dios habían lavado los pies de Judas; ahora las mismas divinas manos estaban tocando los labios de Judas con un pedazo de pan mojado en la salsa; dentro de unas horas los labios de Judas besarían los labios de nuestro Señor en el acto final de la traición. Conociendo el divino Mediador que todas estas cosas habían de sobrevenirle, dio orden a Judas para que levantara el telón del Calvario. Lo que Judas tenía que hacer, que lo hiciera cuanto antes. El Cordero de Dios estaba presto al sacrificio.

 

“Entonces, cuando hubo salido, Jesús dijo: ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en Él.’” (Juan 13:31) Su muerte no sería un martirio, una desgracia o una consecuencia inevitable de una traición… en esta hora —cuando su alma estaba embargada por la tristeza, su cuerpo era azotado, su mente se enfrentaba con una parodia de la justicia, su voluntad con una perversión de la bondad— fue cuando dio gracias al Padre. El Padre sería glorificado por la muerte redentora del Hijo, y el Hijo sería glorificado por el Padre en la resurrección y ascension.”

 

(Capitulo 38, pgs. 346 – 351)



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