La Cuaresma Dia 19 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

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LA CUARESMA DIA 19 – Miércoles Marzo 7

 

“Las palabras del Maestro corrían ahora más libremente desde que se había suprimido la presencia embarazosa del traidor. Además, la partida de Judas hacia su misión traicionera hacía que la cruz estuviera a una distancia más concreta y mensurable de nuestro Señor. Éste habló a sus apóstoles como si ya sintiera en su carne el contacto del ignominioso madero. Si su muerte había de ser glorificadora, se debía a que con ella había de realizarse algo que no habían hecho sus palabras, sus milagros, ni su curación de enfermos. Durante toda su vida había estado tratando de comunicar su amor a la humanidad, pero mientras su cuerpo, a modo del vaso de alabastro de María, no se rompiera, no era posible que el aroma de su amor se difundiera por todo el universo. Dijo también que, en la cruz, su Padre sería glorificado. Esto fue porque el Padre no perdonó a su Hijo, sino que lo ofreció para salvar a los hombres. Dio un sentido nuevo a su muerte: que de su cruz irradiarían la clemencia y el perdón de Dios.

 

Ahora se dirigía a sus apóstoles como un padre moribundo a sus hijos y como un Señor moribundo a sus siervos. “Hijitos, todavía un poco estoy con vosotros.” (Juan 13:33)

 

Comoquiera que ya había hablado Jesús de la unidad de Él y sus apóstoles por medio de la eucaristía, ahora volvería a tocar el mismo tema bajo la figura de la vid y los sarmientos. La unidad de que les hablaba no era como la que existía en aquel momento, puesto que dentro de una hora ellos le abandonarían y huirían. Más bien se trataba de la unidad que quedaría consumada por medio de su glorificación. La figura de la vida que Jesús empleó era muy familiar en el Antiguo Testamento. Israel se comparaba a una vid, aquella que había sido traída de Egipto. Isaías decía que Dios había plantado aquella vid escogida. Jeremías y Oseas se lamentaban de que no produjera fruto… Comparándose a la vid de Israel, dijo: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador.” (Juan 15:1)

 

La unidad entre Él y sus seguidores del nuevo Israel sería semejante a la unidad que existe entre la vid y los sarmientos; la misma savia o gracia que corría por Él correría a través de ellos: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: el que mora en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” (Juan 15:5) Separado de Él, una persona no es mejor que un sarmiento separado de la vid, seco y muerto. El sarmiento ostenta los racimos, es cierto, pero no los produce; sólo Él puede producirlos. Cuando estaba encaminándose a la muerte les dijo que viviría, y que ellos vivirían con Él. Veía más allá de la cruz, y afirmaba que la vitalidad y la energía de ellos procedería de Él, y que su relación sería orgánica, no mecánica.

 

“Estas cosas os he dicho, para que quede mi gozo en vosotros, y vuestro gozo sea completo.” (Juan 15:11) Hablaba de gozo cuando faltaban pocas horas para que recibiera el beso de Judas; pero el gozo a que estaba refiriéndose no se hallaba en la perspectiva del sufrimiento que le aguardaba, sino más bien se trataba del gozo de someterse completamente en amor a su Padre por el bien de la humanidad. De la misma manera que hay una especie de gozo en dar la vida por la humanidad.

 

Además del gozo, otro efecto de la unión con Él sería el amor. “Este es, pues, mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos.” (Juan 15:12-13) El amor es la relación normal de los sarmientos unos para con otros, porque todos tienen un asiento en la vid. El amor de Jesús sería un amor sin límites. Una vez, Pedro puso un límite al amor al preguntar cuántas veces había de perdonar. ¿Siete veces, acaso? Nuestro Señor le respondió que era preciso perdonar setenta veces siete, lo cual significaba un número ilimitado de veces y negaba todo cálculo matemático. El amor de Jesús carecía de límites, pues Él había venido a este mundo para dar su vida.

 

Nuevamente hablaba ahora del propósito de su venida, o sea de la redención. El carácter voluntario de ella quedó subrayado al decir que Él daba espontáneamente su vida, sin que nadie se la quitara.”

 

(Capitulo 39, pgs. 352 – 356)



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