La Cuaresma Dia 23 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

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La Cuaresma Dia 23 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

LA CUARESMA DIA 23 – Lunes Marzo 12

 

“El que había libertado a Lázaro de los lazos de la muerte se sometía ahora él mismo a la muerte. Judas guiaba a un grupo de alguaciles de los príncipes de los sacerdotes y fariseos, que llevaban antorchas y armas. Tanto judíos como gentiles se unieron para prender a Cristo. Aunque era una noche de luna llena, Judas tuvo que dar a los soldados romanos una señal para que supieran quién era Jesús; la señal que les dio fue un beso. Pero antes de que las antorchas pudiesen ir en busca de la luz del mundo, el Buen Pastor les salió al encuentro.

 

“Jesús, por tanto, conociendo todo lo que le había de sobrevenir, salió al encuentro de ellos.” (Juan 18:4)… Con plena conciencia de todas las profecías del Antiguo Testamento concernientes a sí mismo como Cordero de Dios, así como también de su propio sacrificio voluntario en expiación de los pecados del mundo, Jesús salió al encuentro de los que le buscaban, dispuesto a entregarse voluntariamente. Dirigiéndose con abrumadora majestad a la turba que se había reunido a su alrededor, armada con espadas y piedras, los desafio a que pronunciaran el nombre del que buscaban. “¿A quién buscáis? Le respondieron: ¡A Jesús de Nazaret!” (Juan 18:5) Ellos no dijeron: “A ti”. Es evidente que, aunque era una clara noche de luna, no le reconocieron. Por ello habían convenido también con Judas una señal para reconocerle cuando llegara el momento: la señal del beso. Es curioso que los que están inclinados al mal no reconocen a la Divinidad aun cuando ésta se encuentre delante de ellos. La luz puede brillar en las tinieblas, pero las tinieblas no la reciben, no la comprenden. Se necesita algo más que antorchas y una luna llena para percibir la Luz del mundo.

 

Entonces Jesús les dijo: “Yo soy.” Al oír estas palabras, un gran terror se adueñó de ellos, retrocedieron y cayeron a tierra… Pudo haberse alejado, dejando a sus enemigos tendidos en tierra, pero había llegado la “hora” en que el Amor se encadenaba para libertar a los hombres.

 

El sacrificio de sí mismo es incompatible con la venganza. Ni Judas ni los demás tenían poder alguno para prenderle, a menos que Él se entregara voluntariamente a ellos. Al dar poder a sus enemigos para que se pusieran de pie, Él, el Buen Pastor, sólo pensó en librar a sus propias ovejas: “Si me buscáis a mí, dejad que se vayan éstos.” (Juan 18:8) Debe marchar al sacrificio Él sólo… Ésta era su hora, mas no la hora de los apóstoles. Más adelante ellos padecerían y morirían en su nombre, pero de momento no podían comprender la redención hasta que el Espíritu les hubiera iluminado. Entraría en el lagar Él solo. Ellos no estaban todavía en las necesarias disposiciones espirituales para morir por Él: dentro de poco todos ellos le abandonarían. Además, no podían padecer por Cristo hasta que Él no hubiera padecido primero por ellos.

 

Pedro… sacando una de las dos espadas que llevaba, hirió a Malco, el siervo del sumo sacerdote. Mal espadachín, aunque excelente pescador, Pedro no logró más que cortar la oreja de Malco. A pesar de que el celo de Pedro era noble y honrado, bien intencionado e impulsivo, erraba en cuanto a la elección de los medios. Nuestro Señor tocó primeramente la oreja del herido y se la restableció; luego, volviéndose a Pedro, le dijo: “Mete tu espada en la vaina; la copa que me ha dado mi Padre, ¿acaso no la he de beber?” (Juan 18:11)

 

Aquí se compara la espada con la copa; la espada conquista matando, la copa por medio de la sumisión… Se había referido a menudo a su pasión y muerte bajo la analogía de una “copa”, como cuando preguntó a Santiago y a Juan si podían beber la copa de su pasión. Ahora habla de la copa, pero no de una copa procedente de Judas, ni tampoco del sanedrín, ni de los judíos, ni de Pilato o de Herodes, sino de su Padre celestial. Era una copa que contenía la voluntad del Padre de que El, en su amor a los hombres, ofreciera su vida a fin de que ellos fueran restablecidos a la condición de hijos de Dios. Tampoco decía que sobre El pesara la sentencia de tener que sufrir su pasión, sino más bien que El mismo, a impulsos de su amor, no podía obrar de otra manera. “¿Acaso no la he de beber?”… Mirando más allá de todas las causas segundas, tales como Pilato o Anás, los romanos y los judíos, nuestro Señor no veía enemigos que hubieran de ser vencidos por la espada, sino una copa que le era ofrecida por su Padre. El amor era el motivo y la fuente de su sacrificio, según Él mismo dijo: “De tal manera amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no perezca, sino tenga vida eterna.” (Juan 3:16)… Nuestro Señor se negó a ver en su muerte la mano de sus enemigos, y pasó en seguida a la idea de la copa que de su Padre había recibido. En aquel amor se entregaba a descansar, aunque el cáliz fuera de momento amargo, ya que de él procedería el bien.

 

Al entregarse en manos de ellos, se cumplió lo que nuestro Señor había predicho acerca de sus apóstoles: “Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.” (Mateo 26:56) Pedro, que había desenvainado la espada para defender al Maestro contra la copa, huyó presuroso. Más tarde le siguió a prudente distancia. También Juan se deslizó detrás de la turba para aparecer posteriormente en casa del sumo sacerdote. Pero Judas se quedó para oír la palabra “hora”, que el Maestro había pronunciado por primero vez en Caná: “Ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.” (Lucas 22:53) En muchas ocasiones había dicho a sus enemigos, incluso a Herodes, que nada podían hacerle hasta que llegara su “hora”. Ahora la anunció; era la hora en que el maligno podía apagar la luz del mundo. El mal tiene su hora; Dios tiene su día. Aquel que, cuando asumió una naturaleza humana en Belén, fue envuelto en pañales y colocado en un pesebre, ahora va a ser atado con cuerdas y puesto en una cruz… Los apóstoles, oyendo el chirriar de las cadenas y viendo el brillo de las espadas, se olvidaron de la gloria del Mesías, le abandonaron y huyeron. El sumo sacerdote había de ofrecer el sacrificio Él solo.”

 

(Capitulo 42, 388 – 394)



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