LA CUARESMA 2020: Dia 26 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

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LA CUARESMA 2020: DIA 26 – Jueves Marzo 26

 

“Había terminado el proceso de Cristo el profeta; ahora comenzaba el proceso de Cristo el rey. Los jueces religiosos habían hallado a nuestro Señor demasiado divino, porque se había designado a sí mismo Dios; ahora los jueces civiles le condenarían por encontrarle demasiado humano. Cuando un tribunal superior entiende en una causa presentada por un tribunal inferior, existe una continuidad en los cargos. Los jueces religiosos no poseían el poder sobre la vida y la muerte desde que los romanos se habían apoderado de su país. Era de esperar, por tanto, que al ser conducido nuestro Señor ante el tribunal superior de Pilato lo haría reo de la misma acusación, del delito de blasfemia. Sin embargo, la sentencia de muerte, para poder ejecutarse, precisaba la sanción de Pilato. Tenía dos procedimientos el sanedrín para llevar esto a cabo: o bien que Pilato aprobara el juicio del tribunal religioso, o bien que se incoara un nuevo proceso en el tribunal civil de sus conquistadores. El segundo método fue el que eligieron, y ciertamente del modo más pérfido y astuto. El sanedrín sabía muy bien que Pilato se reiría si le decían que Jesús era reo de blasfemia. Ellos tenían su Dios; Pilato tenía sus dioses. Además, tratándose de una acusación de índole religiosa, Pilato se habría remitido al propio tribunal de ellos, sin sentenciar a muerte a Jesús.

 

Con objeto de comprender mejor las relaciones existentes entre vencidos y vencedores, digamos unas palabras acerca de Pilato y del odio que hacia él abrigaban los judíos. Pilato, el sexto gobernador romano de Judea, había estado desempeñando durante unos diez años este cargo, durante el reinado del emperador Tiberio. Su conducta, arbitraria y a veces cruel, había ocasionado repetidas insurrecciones de judíos, que él había sofocado con violentas medidas.

 

Por la mañana, muy temprano, todos los miembros del sanedrín — incluyendo a los sacerdotes, ancianos y escribas — decidieron llevar a Cristo a presencia de Pilato y pedir a éste la sentencia de muerte. Los sacerdotes le acusaban de que había dicho ser el Cordero de Dios… Después de terminar sus planes homicidas, “habiéndole atado, le llevaron, y le entregaron a Pilato, el gobernador.” (Mateo 27:2)… Entregarlo a Pilato fue uno de los puntos principales de la pasión, puesto que era el cumplimiento de una profecía que nuestro Señor había pronunciado. “Será entregado a los gentiles, y será escarnecido e injuriado, y escupido; y le azotarán, y le harán morir; y al tercer día resucitará.” (Lucas 18:32-33) El sanedrín lo entregaba porque había rechazado la promesa de salvación que venía del Mesías; ahora tocaba a los gentiles decidir lo que harían; si lo rechazarían como profeta. La gran muralla que separaba a los judíos de los gentiles acababa de derribarse en cierto modo, puesto que unos y otros condenaron a muerte a Jesús… La responsabilidad por su muerte no pesa sobre un pueblo determinado, sino sobre toda la humanidad.

 

Cuando los miembros del sanedrín llegaron al pretorio (la casa del gobernador), Pilato salió a su encuentro, porque sabía que si los obligaba a entrar se considerarían impuros. Siguiendo la tradición de los romanos en cuanto al respeto de la ley, declaró que no dictaría sentencia hasta tener pruebas de la culpabilidad del reo. Así, preguntó a los del sanedrín: “¿Qué acusación traéis contra este hombre?” (Juan 18:29)… “Si este hombre no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado.” (Juan 18:30) No hablaron de blasfemia. Sabían que esta acusación no haría mella en el ánimo de un gentil, un vencedor, uno a quien ellos despreciaban; así pues, usaron el término genérico de “malhechor”.

 

Sabiendo Pilato que la situación en que los judíos se encontraban bajo el yugo de Roma no era la más apropiada para consolidar la autoridad de él, y no deseando ocuparse de aquel caso, les dijo que lo juzgaran ellos mismos conforme a su ley. Mas ellos replicaron que no tenían poder para hacer morir a ningún hombre, lo cual era verdad, puesto que se hallaban bajo el dominio de Roma. Además, no se atrevían a ejecutar ninguna sentencia de muerte en el día festivo en que sacrificaban el cordero pascual.

 

Entonces hicieron a nuestro Señor objeto de tres acusaciones para obligar a Pilato a que oyera aquel caso: “A éste hemos hallado pervirtiendo a nuestra nación, y vedando pagar tributo al César, y diciendo que Él mismo es Cristo, el rey.” (Lucas 23:2) Seguían sin aludir al delito de blasfemia; ahora se trataba del crimen de sedición; Cristo era un antipatriota, demasiado mundano, demasiado político, era un enemigo del César y de Roma… En segundo lugar, instaba al pueblo a que no pagara impuesto al rey o César. Y, en tercer lugar, se hallaba enfrentado a Pilato como un rey rival… Cada palabra suya era una mentira.

 

Pilato dudaba de la sinceridad de aquellos hombres porque sabía cuánto le odiaban a él y al César. Pero una de las acusaciones le turbaba ligeramente. ¿Era ciertamente un rey ese preso que tenía delante? Pilato hizo comparecer a Jesús ante sí, dentro de su palacio. Una vez lo tuvo en la sala del juicio, le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” (Juan 18:33)… La política, que era lo único que a Pilato le interesaba en aquel caso, fue la que el Maestro rechazó; la realeza religiosa, que indicaba que Él era el Mesías, fue lo que nuestro Señor admitió. Al escéptico Pilato, nuestro Señor tuvo que explicarle que su realeza no era la de un reino terreno obtenido con la fuerza de las armas; era más bien un reino espiritual que había de ser establecido por medio de la verdad. Sólo tendría súbditos morales, no súbditos políticos; reinaría en los corazones, no en los ejércitos.

 

Todo esto intrigó sumamente a Pilato, quien hizo ahora otra pregunta. La primera vez había preguntado Pilato: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Ahora inquirió: “Entonces, ¿tú eres rey?” (Juan 18:37)... “Tú dices que soy rey. Yo nací, y vine al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad oye mi voz.” (Juan 18:37)

 

Evidentemente, Pilato entendió la idea de que la conducta moral tenía algo que ver con el descubrimiento de la verdad, por lo cual recurrió al pragmatismo y al utilitarismo, y preguntó escéptico y burlón: “¿Qué cosa es la verdad?” (Juan 18:38) Hecha esta pregunta, Pilato volvió la espalda a la verdad, mejor dicho, a aquel que es la Verdad.

 

Pilato comenzó ahora el primero de sus varios intentos para salvar a Cristo, tales como declarar que era inocente, proponer que se eligiera entre varios presos, hacerle azotar, apelar a la compasión, cambiar de jueces. Al no comprender Pilato que alguien pudiera morir por la verdad, no podía comprender, naturalmente, cómo la Verdad misma podía morir por los que erraban. Después de volver la espalda al Logos hecho carne, se dirigió al pueblo, que se hallaba fuera del palacio, para comunicarle su convencimiento de que aquél preso que le habían traído era inocente. “Yo no hallo en él ningún delito.” (Juan 18:38) Si no había delito en Él, Pilato debía haberlo puesto en libertad. Al oír los miembros del sanedrín que el gobernador romano de claraba que el preso era inocente, intensificaron de modo más violento su acusación de que Jesús era un sedicioso y un revolucionario: “Incita al pueblo, enseñando por toda la Judea; y comenzando desde Galilea, llega hasta aquí.” (Lucas 23:5)

 

El supremo interés de Pilato era la paz del estado; de ahí que el supremo interés del sanedrín fuese el de demostrar que Cristo era un perturbador de la paz. Al oír Pilato la palabra “Galilea”, vio el modo de eludir el juzgar a Cristo... Ya que el sanedrín había cambiado la acusación de blasfemia por la de sedición, también Pilato pasaría la jurisdicción del proceso a uno que tenía autoridad en Galilea. Debido a la pascua, Herodes se hallaba a la sazón en Jerusalén. Aunque él y Herodes eran enemigos, Pilato deseaba, sin embargo, transferir a Herodes la responsabilidad de absolver o condenar a Jesús.

 

Este Herodes era Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, el que hizo asesinar a todos los hijos varones de Belén de menos de dos años de edad… Herodes era un hombre sensual y mundano; había asesinado a Juan Bautista porque éste le censuraba haberse divorciado de su mujer y estar viviendo maritalmente con la esposa de su hermano. Herodes no tenía tranquila la conciencia, no sólo porque había hecho matar al precursor de Cristo, sino también porque sus supersticiones le hacían creer que el Bautista había resucitado y atormentaba su alma… Cuando nuestro Señor fue llevado a su presencia, Herodes, cuando vio a Jesús, “se alegró sobremanera; pues hacía mucho que deseaba verle; porque había oído hablar de Él; y esperaba ver algún milagro hecho por Él.” (Lucas 23:8)… Aunque Herodes estaba contento de ver a nuestro Señor, esta alegría no nacía de nobles motivos de arrepentimiento. De ahí que el Cristo que habló a un ladrón arrepentido y a Magdalena, y también a Judas, no quisiera decir una sola palabra al rey galileo… Quería milagros, no como motivo para creer, sino como satisfacción de su curiosidad… Lo que ofrecía al Señor no era el alma, para que se la salvase, sino los nervios, para que se los hiciera vibrar de emoción. Así pues, el Señor del mundo no dijo una sola palabra a aquel hombre mundano.

 

El silencio del Señor irritó tanto a Herodes, que su orgullo ofendido se volvió sarcasmo y burla: “Y Herodes con sus soldados le menospreció, y haciendo burla de Él, le puso un vestido brillante, y le volvió a enviar a Pilato.” (Lucas 23:11)

 

 

(Capitulo 45, pgs. 408 – 417)



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