La Cuaresma Dia 34 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

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LA CUARESMA DIA 34 – Sabado 13 de abril

 

“Nuestro Señor habló siete veces desde la cruz. Esto es lo que se llama sus Ultimas Siete Palabras. En la Biblia se registran las palabras de otros tres personajes en el momento de morir: Israel, Moisés y Esteban. La razón de ello quizá sea la de que no se han encontrado otros personajes tan significativos y representativos como éstos. Israel fue el primero de los israelitas; Moisés, el primero de la dispensación legal; Esteban, el primer mártir cristiano. Las palabras que estos tres hombres pronunciaron al morir iniciaron un período sublime en la historia de las relaciones entre Dios y los hombres.

 

En su bondad, nuestro Señor nos legó sus pensamientos de la hora de la muerte, porque Él — más que Israel, más que Moisés, más que Esteban — era el representante de toda la humanidad. En esta hora sublime llamó a todos sus hijos junto al púlpito de la cruz, y cada una de las palabras que dijo tuvo el propósito de una eterna proclamación y un consuelo inmarcesible. Jamás hubo predicador como Cristo moribundo; nunca hubo concurrencia como la que se congrega alrededor del púlpito de la cruz; nunca hubo sermón igual al de las Ultimas Siete Palabras.

 

La Tercera Palabra:

 

El tercer mensaje de nuestro Señor desde la cruz contenía exactamente la misma palabra que Jesús había usado al dirigirse a su Madre en las bodas de Caná. Cuando ella, para sacar del apuro al dueño de la casa, indicó simplemente a Jesús que no tenían vino, Jesús le respondió: “Mujer, ¿qué tengo yo que ver con esto? No ha llegado todavía mi hora.” Nuestro Señor usaba siempre la palabra “hora” con referencia a su pasión y muerte.

 

Expresado a nuestra manera, era como si nuestro Señor hubiera dicho a su… Madre en Caná: “Querida madre, ¿te das cuenta de que me pides que proclame mi divinidad, que me presente al mundo como el Hijo de Dios y que demuestre mi divinidad con mis obras y milagros? En el momento en que empiece a hacer esto iniciaré el camino que lleva a la cruz. Cuando deje de ser conocido como el hijo del carpintero para ser conocido entre los hombres como el Hijo de Dios, empezaré a dar mi primer paso hacia el Calvario… Era a ti a quien me refería cuando dije a Satán que pondría enemistad entre él y la mujer, entre su cría del mal y tu simiente, que soy yo. Aquel gran título de “Mujer” es el mismo con que ahora me complazco en honrarte. Y volveré a dignificarte con él cuando llegue mi hora y sea levantado en la cruz.”

 

Tres años habían transcurrido desde entonces. Nuestro Señor contemplaba ahora desde su cruz a las dos criaturas más amadas que tenía en la tierra: a Juan y a su bendita Madre. Volvió a pronunciar aquella palabra con que se había dirigido a María en Caná, en ocasión de aquella boda. La llamó “Mujer”… Con sus ojos cubiertos de polvo y un ademán de su cabeza coronada de espinas, Jesús miraba tiernamente a su Madre… Jesús dijo así:

 

“Mujer, he ahí a tu hijo.”

 

A su discípulo amado [Juan], le dijo:

 

“He ahí a tu madre.”

(Juan 19:26-27)

 

 

 

 

Hubo dos grandes períodos en las relaciones de Jesús y María; el primero de ellos desde el pesebre hasta Caná, y el segundo desde Caná hasta la cruz… De Belén a Caná, María tuvo a Jesús como una madre tiene a su hijo: incluso le llamaba familiarmente “hijo”, a la edad de doce años, cual si ésta fuera la forma corriente de dirigirse a Él. Jesús estuvo con ella durante aquellos treinta años, huyendo en sus brazos a Egipto, viviendo en Nazaret y estando sujeto a ella. Él era de ella, y ella era de Él, e incluso en el mismo instante en que se dirigían a las bodas de Caná su nombre es mencionado primero: “María, la madre de Jesús, estaba allí.”

 

Pero a partir de aquel momento observamos un alejamiento… Un año después de lo de Caná, María seguía a Jesús en su predicación como una madre bondadosa y abnegada. Le anunciaron a nuestro Señor que su madre le buscaba. Nuestro Señor, aparentando falta de interés, se volvió a la muchedumbre e inquirió: “¿Quién es mi madre?” (Mateo 12:48) Luego, revelando el gran misterio cristiano de que el parentesco no depende de los lazos de la carne y de la sangre, sino de la unión con la divina naturaleza por medio de la gracia, añadió: “Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, éste es mi hermano, y hermana, y madre.” (Mateo 12:50)

 

(Capitulo 49, pgs. 449 – 453)



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