La Cuaresma Dia 35 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

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LA CUARESMA DIA 35 – Lunes 15 de abril

 

“Nuestro Señor habló siete veces desde la cruz. Esto es lo que se llaman sus Ultimas Siete Palabras. En la Biblia se registran las palabras de otros tres personajes en el momento de morir: Israel, Moisés y Esteban. La razón de ello quizá sea la de que no se han encontrado otros personajes tan significativos y representativos como éstos. Israel fue el primero de los israelitas; Moisés, el primero de la dispensación legal; Esteban, el primer mártir cristiano. Las palabras que estos tres hombres pronunciaron al morir iniciaron un período sublime en la historia de las relaciones entre Dios y los hombres.

 

En su bondad, nuestro Señor nos legó sus pensamientos de la hora de la muerte, porque Él — más que Israel, más que Moisés, más que Esteban — era el representante de toda la humanidad. En esta hora sublime llamó a todos sus hijos junto al púlpito de la cruz, y cada una de las palabras que dijo tuvo el propósito de una eterna proclamación y un consuelo inmarcesible. Jamás hubo predicador como Cristo moribundo; nunca hubo concurrencia como la que se congrega alrededor del púlpito de la cruz; nunca hubo sermón igual al de las Ultimas Siete Palabras.

 

La Cuarta Palabra:

 

Desde las doce hasta las tres de la tarde, una misteriosa oscuridad se abatió sobre la tierra porque la naturaleza, en armonía con el Creador, se negaba a derramar su luz sobre el lugar del crimen de deicidio. La humanidad, por haber condenado a la Luz del mundo, perdía ahora el símbolo cósmico de aquella luz, el sol. En Belén, donde Jesús nació a medianoche, los cielos se llenaron súbitamente de luz; en el Calvario, cuando, a mediodía, entró en la ignominia de la crucifixión, los cielos se vieron privados de su luz. Siglos atrás había dicho el profeta Amós: “Y sucederá en aquel día, dice el Señor, Yahvé, que haré que se ponga el sol al mediodía, y en el claro día entenebreceré la tierra.” (Amos 8:9)

 

Un silencio misterioso, que resultaría normal en medio de la noche, se hacía ahora espantoso en aquellas tinieblas del mediodía… Pero estas tinieblas no sólo significaban que los hombres estaban apagando la Luz que ilumina a todos los hombres que vienen a este mundo, sino también que Él se estaba negando a sí mismo, por el momento, la luz y el consuelo de su divinidad. Ahora el sufrimiento pasaba del cuerpo a la mente y al alma, pues así dijo con una gran voz.

 

“¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”

(Mateo 27:46)

 

 

Durante esta parte de la crucifixión nuestro Señor estaba repitiendo el salmo de David que proféticamente se refería a Él, aunque había sido escrito mil años antes: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?...” (Salmo 21:2) El rasgo principal de los sufrimientos de nuestro Señor que revela esta profecía era su desolación y desamparo. El divino Hijo llamaba a su Padre “Dios mío”, en contraste con la oración que enseñó a rezar a los hombres,  “Padre nuestro, que estás en los cielos...” No es que su naturaleza humana estuviera separada de su naturaleza divina, porque tal cosa era imposible. Más bien se trataba de que, así como al pie de una montaña puede estar ausente la luz y el calor del sol por haberse interpuesto unas nubes, aunque la cima esté inundada de luz, al asumir Jesucristo los pecados del mundo quiso que se produjera en Él una momentánea ausencia de la faz de su Padre y toda consolación divina. El pecado tiene efectos físicos, y Jesús los percibía en sus manos y pies traspasados por clavos; el pecado tiene también efectos mentales, y fueron los que tanto le acongojaron en el huerto de Getsemaní; el pecado tiene asimismo efectos espirituales, como el sentimiento de desamparo, separación de Dios, soledad. En aquel preciso instante quería tomar sobre sí aquel principal efecto del pecado, que era sentirse desamparado.

 

El hombre rechazó a Dios; así Él quería ahora sentir el efecto de aquel rechazo. El hombre se apartó de Dios; así Él, que era Dios unido personalmente a una naturaleza humana, quería ahora experimentar en su humana naturaleza aquella horrible separación, como si Él mismo tuviera la culpa. La tierra ya le había abandonado al levantar sobre sí misma la cruz en que estaba suspendido; el cielo también le habíaabandonado al cubrirse de tinieblas; y, sin embargo, aunque se hallaba suspendido entre cielo y tierra, unía a ambos. En aquel grito se hallaban fundidos todos los sentimientos de nostalgia divina que puede expresar el corazón humano… Al entrar en la fase externa del castigo por el pecado, que es la separación de Dios, era natural que sus ojos se llenaran de tinieblas y su alma de soledad.

 

El Antiguo Testamento había profetizado que aquel que pende de un árbol es maldito; las tinieblas subrayaban aquella horrible maldición, que El superaría al sobrellevarla y triunfar en la resurrección… En aquel preciso mediodía, Cristo se hallaba entre la luz que había sido creada y las tinieblas postreras de cuando el mal sería juzgado y condenado. Las tensiones de la historia las sentía Él dentro de sí mismo: la luz vino a las tinieblas, pero las tinieblas no la comprendieron. De la misma manera que no es raro el caso de que una persona moribunda vea ante sí resumida toda su vida, así Jesús veía ahora recapitulada toda la historia de la humanidad, en el momento en que las tinieblas del pecado tenían su momento de triunfo.

 

El grito de Cristo era del desamparo que Él sentía al haberse puesto en lugar de los pecadores, pero no era un grito de desesperación… Este vacío de su naturaleza humana debido al pecado, aunque Jesús lo sentía como propio, fue expresado, sin embargo, en voz alta para indicar no desesperación, sino más bien la esperanza de que el sol surgiría de nuevo y disiparía las tinieblas.”

 

(Capitulo 49, pgs. 453 – 456)



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