La Cuaresma Dia 36 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

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LA CUARESMA DIA 36 – Martes, Abril 11

 

“Nuestro Señor habló siete veces desde la cruz. Esto es lo que se llaman sus Ultimas Siete Palabras. En la Biblia se registran las palabras de otros tres personajes en el momento de morir: Israel, Moisés y Esteban. La razón de ello quizá sea la de que no se han encontrado otros personajes tan significativos y representativos como éstos. Israel fue el primero de los israelitas; Moisés, el primero de la dispensación legal; Esteban, el primer mártir cristiano. Las palabras que estos tres hombres pronunciaron al morir iniciaron un período sublime en la historia de las relaciones entre Dios y los hombres.

 

En su bondad, nuestro Señor nos legó sus pensamientos de la hora de la muerte, porque Él — más que Israel, más que Moisés, más que Esteban — era el representante de toda la humanidad. En esta hora sublime llamó a todos sus hijos junto al púlpito de la cruz, y cada una de las palabras que dijo tuvo el propósito de una eterna proclamación y un consuelo inmarcesible. Jamás hubo predicador como Cristo moribundo; nunca hubo concurrencia como la que se congrega alrededor del púlpito de la cruz; nunca hubo sermón igual al de las Ultimas Siete Palabras.

 

La Quinta Palabra:

 

En el decurso de las siete palabras pronunciadas desde la cruz viene ahora un punto que parece indicar que nuestro Señor hablaba de sí mismo, mientras que en otras palabras anteriores parecía hablar a otros.

 

Pero las cosas no son tan sencillas como parecen. Es verdad que la pérdida de sangre debida a los sufrimientos, la posición no natural del cuerpo, con la extremada tensión de manos, y pies, los músculos distendidos, las llagas expuestas al aire, el dolor de cabeza producido por la corona de espinas, la tumefacción de las venas, la creciente inflamación, todo ello debió de producirle sed física. No es extraño que tuviera sed; lo extraño es que lo dijera. El que había puesto los astros en sus órbitas y las esferas en el espacio, el que había puesto valladares a los mares, el que hizo brotar agua de la roca golpeada por Moisés, el que hizo todos los mares y ríos y fuentes, el que dijo a la mujer de Samaria: “El que beba el agua que yo le daré, jamás volverá a tener sed”, ahora dejaba escapar de sus labios el más breve de los siete gritos proferidos desde la cruz:

 

“Tengo sed.”

(Juan 19:28)

 

 

Al ser crucificado rehusó aceptar un brebaje que se le ofrecía; ahora pedía ávidamente de beber. Pero había una diferencia considerable entre las dos bebidas; la primera era de mirra y consistía en una poción para calmar el dolor; la rechazó para que sus sentidos no se embotaran. La bebida que ahora le daban era vinagre o el vino agrio, de mala calidad, de los soldados. “Y había allí una vasija llena de vinagre; y ellos empaparon una esponja en el vinagre, y poniéndola sobre un hisopo, se la llegaron a la boca Jesús bebió el vinagre.” (Juan 19:29)

 

El que en Caná había convertido el agua en vino, podía haber echado mano de los mismos recursos infinitos para calmar su sed; sólo que, en realidad, jamás había hecho un milagro en interés propio. Mas ¿por qué pedía de beber? No era solamente por necesidad, por grande que ésta debió de ser. La verdadera razón era el cumplimiento de las profecías: “Después de esto, conociendo Jesús que todas las cosas habían sido ya cumplidas, para que se cumpliese la Escritura, dijo: ‘Tengo sed.’” (Juan 19:28) Todo lo que el Antiguo Testamento había predicho acerca de Él había de cumplirse hasta el menor detalle… Así, aunque los soldados le dieron el vinagre mofándose de Él, puesto que así se declara explícitamente en la Biblia, cumplieron, sin embargo, con las Escrituras.

 

Jesus no expiraría hasta haber cumplido las predicciones de la Escritura, con objeto de que los hombres conocieran que era Él, el Cristo, el Hijo de Dios, el que estaba muriendo en la cruz. De la Escritura destacará la idea de que el Mesías prometido no había de aceptar la muerte como un hado, sino realizarla como una acción. El agotamiento no era lo que le causaba la sed. Como sumo sacerdote y mediador, eran las profecías referentes a Él lo que le impulsaron a decir que tenía sed… Los que se hallaban junto a la cruz y conocían bien las profecías del Antiguo Testamento recibieron así otra prueba de que Jesús era el Mesías sufriente.”

 

(Capitulo 49, pgs. 456 – 459)



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