La Cuaresma Dia 39 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

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LA CUARESMA DIA 39 – Viernes, Abril 14

 

“Nuestro Señor había llamado Templo a su cuerpo porque en él moraba la plenitud de la Divinidad. El templo de piedra de Jerusalén era sólo un símbolo. En aquel gran templo terrenal había tres grandes divisiones. Más allá del atrio de entrada había un lugar llamado “santo”, y al otro lado se encontraba un lugar más secreto todavía, al que se conocía con el nombre de “santo de los santos”, o lugar “santísimo”. El atrio estaba separado del lugar santo por medio de un velo, y un gran velo separaba asimismo el lugar santo del lugar santísimo.

 

En el preciso instante en que nuestro Señor consintió voluntariamente en morir, “He aquí que el velo del santuario se rasgó en dos, de arriba abajo.” (Mateo 27:51) El mismo hecho de que el velo fuera rasgado de arriba abajo era para indicar que no se hacía por mano del hombre, sino por la mano milagrosa de Dios mismo, el que había ordenado que, en tanto durase la antigua ley, el velo colgara delante del santo de los santos. Ahora decretaba que a su muerte fuera rasgado en dos. Aquello que desde antiguo era algo sagrado permanecía ahora abierto y manifiesto a los ojos de todos, descubierto como una cosa corriente cualquiera, mientras que delante de ellos, en el Calvario, al atravesar un soldado el corazón de Jesús, se revelaba el nuevo santo de los santos, que contenía el arca del Nuevo Testamento y los tesoros de Dios. La muerte de Jesús era la desconsagración de aquel templo terrenal, porque dentro de tres días iba a levantar el nuevo Templo. Solamente un hombre, una vez al año, podía entrar en el antiguo lugar santísimo; ahora que había sido rasgado en dos el velo que separaba del pueblo aquel lugar, y separaba a los judíos de los gentiles, unos y otros tendrían acceso al nuevo Templo, Cristo el Señor.

 

Existe una relación intrínseca entre el soldado que atravesó el corazón de Cristo en la cruz, del que brotó sangre y agua, y el velo del templo que fue rasgado de arriba abajo. Dos velos fueron rasgados: uno de ellos, el velo de púrpura que acabó con la antigua ley; el otro, el velo de su carne, que abrió el santo de los santos del divino Amor que plantaba su tabernáculo en medio de nosotros. En ambos casos lo santo se hacía manifiesto; por una parte, el santo de los santos, que había sido solamente figura; por otra parte, el verdadero santo de los santos, su sagrado corazón, que se abría para que los pecadores tuvieran acceso a Dios. El velo del antiguo templo simbolizaba que el cielo estaba cerrado para todos hasta que el sumo sacerdote enviado por el Padre rasgara dicho velo y abriera las puertas a todo el mundo. San Pablo describe la manera como el sumo sacerdote de la antigüedad, una vez al año, y no sin antes hacer una ofrenda de sangre por sus propias faltas y por las del pueblo, podía entrar en el lugar santísimo. La epístola a los hebreos explica este misterio:

 

“El Espíritu Santo daba a entender que no se había abierto todavía el camino del santuario, mientras estuviere aún en pie el primer tabernáculo... Pero habiendo venido Cristo, como sumo sacerdote de los bienes venideros, atravesando el mayor y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación; entró una vez para siempre en el santuario, no hecho de la sangre de machos cabríos y de terneros, sino por la virtud de su propia sangre, habiendo ya hallado eterna redención.” (Hebreos 9:8-12)

 

Luego, comparando el velo de la carne con el velo del templo, añade la epístola: “Teniendo, pues, libertad para entrar en el lugar santísimo, en virtud de la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo, que él ha abierto para nosotros, a través del velo, es decir, su carne.” (Hebreos 10:19-20)

 

Mil años antes, contemplando proféticamente al Mesías, había escrito David: “Sacrificio y presente no querías, y abriste mis oídos; no exigías holocausto ni víctima. Entonces dije: He aquí que yo vengo; en el envoltorio del libro está escrito de mí; me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en lo más profundo de mis entrañas.” (Salmo 39:7-10)

 

Al mirar el salmista retrospectivamente hacia los sacrificios de animales, holocaustos para alcanzar el favor divino y ofrendas por el pecado para reparar los errores, su mente se posaba en ellos solamente para rechazarlos, puesto que sabía que tales toros, machos cabríos y ovejas sacrificados no podían afectar realmente la relación entre el hombre y Dios. Estaba dirigiendo su mirada hacia un día venidero en el cual, habiendo Dios encerrado su naturaleza divina en un cuerpo humano como en un templo, vendría a la tierra con un solo propósito: entregar su vida conforme a la voluntad divina. David proclamaba que la encarnación divina sería la consumación de los sacrificios y del sacerdocio de la ley judaicas. Ahora se cumplía la figura al ofrecerse a sí mismo el Cordero inmaculado de Dios a su Padre celestial. La antigua promesa hecha a Israel en Egipto todavía seguía en pie, y en un sentido más elevado podía aspirar a ella todo el que invocara la sangre derramada en la cruz: “Yo veré la sangre, y os pasaré por alto, de modo que no habrá entre vosotros plaga destructora, cuando yo hiera la tierra de Egipto.” (Exodo 12:13)

 

La casa sacerdotal de Leví acababa de ser despedida ahora. El orden de Melquisedec se convertío en ley en la casa de Leví. Se retiraba del lugar santísimo del templo terrenal el letrero “No se permite la entrada”. Cuando Cristo vino al mundo para ser el cumplimiento del orden de Melquisedec, la casa de Leví se negó a recibirle… Pero, al rasgarse en dos el velo del templo, el sacerdocio de Melquisedec pasaba a ser suyo, y con él el verdadero Lugar Santisimo, el verdadero Arca del Nuevo Pacto, el verdadero Pan de Vida – el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

 

(Capitulo 51, pgs. 473 – 475)



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