Hechos 3:16

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Lunes, Julio 3 del 2017

 

“Y por la fe en su nombre,

a éste, que vosotros veis y conocéis,

le ha confirmado su nombre;

y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad

en presencia de todos vosotros.”

 

La historia: un mendigo inválido es sanado – pronto después de que viniera el fuego del Espíritu Santo sobre los creyentes en el día de Pentecostés..

 

Dos discípulos de Jesús, Pedro y Juan, iban al templo para orar. Llegando a la puerta, un hombre cojo de nacimiento les pidió dinero. Pedro lo miró fijamente, y le dijo: “Yo no tengo plata ni oro par ti, pero te daré lo que tengo. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y camina!” Inmediatamente el lisiado se levantó, su cuerpo fortalecido – ¡y entró al templo con ellos caminando, saltando y alabando a Dios!

 

Pedro, viendo el asombro de toda la gente, se dirigió a ellos diciendo: “Pueblo de Israel… ¿qué hay de sorprendente en esto? ¿Y por qué nos quedan viendo como si hubiéramos hecho caminar a este hombre con nuestro propio poder o nuestra propia rectitud? Pues es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob – el Dios de todos nuestros antepasados – quien dio gloria a su siervo Jesús… ese santo y justo… Por la fe en el nombre de Jesús, este hombre fue sanado, y Uds. saben que él antes era un inválido. La fe en el nombre de Jesús lo ha sanado delante de sus propios ojos.”

 

No es toda la plata y todo el oro que tenemos…

 

No es nuestro gran poder…

 

No es nuestra notable rectitud…

 

Es fe – fe en el nombre de Jesucristo de Nazaret. Una fe que cree que solo El puede y quiere fortalecer y sanar, según Su buena y aceptable y perfecta voluntad.

 

¿Hay algo en tu vida hoy que necesita ser fortalecido, alguien que necesita ser sanado? ¿Tú mismo? Por lo tanto, ora por sanidad, y ten fe que en el nombre de Jesucristo la sanidad vendrá.

 

Dios, por supuesto, es soberano. No siempre somos sanados de todas nuestras dolencias y debilidades aquí en la tierra. A veces Dios nos fortalece en medio de ellas, y nos da suficiente gracia para soportarlas, sin quitárnoslas.

 

Pero esto sí es seguro: no es nuestro dinero, no es nuestro propio poder, no es nuestra propia rectitud que salvan. Solo Jesús salva. Solo Jesús sana.

 

Ten fe hoy en El, únicamente en Sus méritos y en Su autoridad. O te sana completamente de tu aflicción – o te dará suficiente gracia para poder seguir soportándola. 



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