Barro Preparado

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Lunes, Febrero 25 del 2019
 


No tenía ni idea. Yo pensé que era una cosa fácil y sencilla.

Simplemente consigues el barro, que básicamente es tierra mojada que se encuentra en cualquier parte, te sientas en una mesa, y empiezas a trabajarlo y formarlo.

Pero no es así de fácil y sencillo. Un buen barro, una buena arcilla – hay que saber dónde encontrarla. No puede ser demasiado seca, porque seco significa duro – y un barro duro no se puede trabajar. No puede ser demasiado mojada, porque mojado significa aguado y se pega en las manos y en la mesa – y así tampoco se puede trabajar. Y una buena arcilla necesita tener una maleabilidad, o lo que se llama una “plasticidad”, apta para ser bien moldeable.

 



Una vez encontrada, por buena que sea, es todo un proceso limpiar la arcilla de todas sus impurezas e imperfecciones, y prepararla para que sea óptima para ser trabajada. Cualquier piedrita, cualquier arenita, cualquier raíz, por pequeñas que sean, hay que sacarlas del barro – porque, si se dejan, causarán una fisura en la obra. Cualquier burbujita de aire, por pequeña que sea, hay que quitarla – porque, si se deja, explotará la obra cuando ésta se mete al horno para cocerla. Además, la arcilla tiene que ser completamente uniforme, sin nódulos duros ni partes demasiado blandas. Para lograr toda esta preparación, el barro se amasa y se amasa a veces con presión y a veces con suavidad – y así, se quitan todas las impurezas y todo el aire, y el barro queda listo para ser trabajado. 

Y nuestro Alfarero celestial tiene la misma labor con nosotros, Sus obras de barro aquí en la tierra. Antes de hacernos las vasijas que Él quiere que seamos, tiene que prepararnos. Y aun durante el proceso de formarnos, nos tiene que seguir limpiando.

A través del profeta Ezequiel, Dios nos dice: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias … Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.”

Porque somos llamados a ser perfectos como Dios, nuestro Padre que está en los cielos, es perfecto (Mateo 5:48). Porque “no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (1 Tesalonicenses 4:7) – es decir, a ser apartados y separados del pecado, y a ser purificados y consagrados a la santidad. Porque Jesucristo, amando a la iglesia y entregándose a sí mismo por ella, la está santificando y purificando, “a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:25-27).

Por eso tenemos que confesar nuestros pecados, diariamente y constantemente – y Dios “es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” – “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:9,7).

Amig@: ¿cómo estás hoy? ¿cómo está tu corazón? ¿seco y duro como una piedra, o tierno y receptivo como un corazón de carne? ¿está lleno de las piedras del pecado y de raíces sucias, o por tu confesión habitual, ha sido perdonado y limpiado por Jesús? Como arcilla en la mano del alfarero, ¿estás permitiendo a Dios trabajar y purificar tu ser interior, tu carácter, tus pensamientos y tus actitudes – santificándote cada día más y más para que seas barro preparado y útil en Sus manos? Ojalá sea así.

 



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