Barro Girado

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Jueves, Marzo 7 del 2019

Se cree que el torno del alfarero se inventó hace miles de años, entre 6000 y 4000 a.C. más o menos, y posiblemente en Mesopotamia, en Egipto o en la China.

Las primeras ruedas parecen haber sido de piedra rustica, acostadas casi en el suelo, y giradas con las manos.

 


Otras se giraban con un palo largo.
 



Luego se hicieron ruedas de madera, con rotos, que se giraban mas facil y mas rapido.

 


Más adelante, se inventaron ruedas ya más arriba del suelo, que se movian con los pies.
 


Y finalmente, han llegado los tornos modernos …
 


Es muy difícil tener que aceptarlo. Uno quisiera que no fuese así.

Pero él que tiene control del torno del alfarero, él que lo hace girar, es el alfarero y solo el alfarero. Es él que decide cuando arranca y cuando para, y es él que determina la velocidad con la cual da vueltas. Cuando quiere empezar a trabajar con el barro, empieza a girar la rueda – no le pregunta al barro si está listo o no. Si quiere parar la rueda para sacar unas piedritas o pinchar unas burbujitas, lo hace – no le pide permiso al barro para hacerlo, aun sabiendo que le va a doler demasiado. Si quiere aumentar o si quiere bajar la velocidad de los giros del torno, mueve más rápido o más despacio los pies o las manos dependiendo del tipo de torno que está manejando – pero nunca consulta con el barro si a éste le parece bien que lo haga o no, o si quisiera que lo hiciera diferente.

El alfarero maneja y controla la rueda – el barro simplemente se somete a lo que el alfarero quiere y hace. No hace preguntas – no presenta quejas – no se resiste – no se rebela.

En el ámbito espiritual, la rueda del alfarero puede representar las circunstancias de nuestras vidas que Dios usa para formarnos. A veces cuando nosotros como barro estamos en la rueda, no nos gusta mucho o para nada como nuestras vidas están “girando”. A veces, tenemos que “arrancar” cuando preferiríamos quedarnos quietos. Otras veces, tenemos que “parar” cuando quisiéramos seguir marchando. A veces sentimos que nuestra vida “gira” demasiado lento, y estamos aburridos. Pero otras veces, sentimos que “da vueltas” tan rápido que no podemos casi respirar. Muchas veces luchamos internamente con la vida que nos toca vivir, anhelando que arrancara o parara o girara distinto. Y muchas veces, como nuestro Alfarero celestial no nos pregunta ni nos consulta si estamos conformes y contentos o no, hacemos lo que el barro nunca haría: nos resistimos, nos rebelamos, peleamos y guerreamos. Y cuando ninguna de esas estrategias nos sirve ni nos funciona, ¡nos tiramos del torno! en total desesperación y pánico. ¿O no es así?

Es en esos momentos cuando nos urge recordar que Dios sabe lo que está haciendo, que todo en nuestras vidas lo hace con amor eterno para nosotros, que Él es poderoso para “hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra” (2 Corintios 9:8), y poderoso para “para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros.” (Efesios 3:20).

Necesitamos fe y confianza, valor y coraje para mantenernos en la rueda – para someternos a sus arranques y paradas, a sus velocidades a veces lentas y otras veces muy rápidas – para dejarnos moldear sin hacer preguntas, sin pedir explicaciones, sin oponernos.
 
Yo he tenido un año muy difícil - no me he tirado de la rueda, pero sí me he sentido mareada por las vueltas tan rápidas y fuertes que ésta me ha dado últimamente. Y, al estar meditando en estos días en el Alfarero y en el barro, me he dado cuenta de algo: todo este tiempo he tenido la sensación de que Dios como Alfarero está sentado en el torno, yo como barro estoy puesta en la rueda, y Él está dando vueltas al torno a alta velocidad – pero en mi sentir en estos días, Dios no tiene ni los ojos ni las dos manos puestos sobre mí – tiene los brazos cruzados y está mirando con toda indiferencia y tranquilidad a otra parte – y yo, como barro estoy volando por todo lado, sin que al Alfarero Le esté importando.

¡Qué inmenso consuelo y profunda alegría ha sido para mí ver mi Alfarero celestial como es de verdad! Con los ojos puestos fijamente en mi, con interés infinito y con amor eterno. Con las manos puestos firmemente sobre mí, no permitiendo que ningún pedacito de barro de mi vida vaya volando. Y todo eso, mientras Él de vueltas con el torno de mi vida, a veces lento y a veces rápido, pero siempre en completo control.

Estoy aprendiendo que el caminar de un alfarero con su barro no es un caminar de entendimiento, sino un caminar de confianza. Por más arranques y parradas que de el torno de mi vida, por más lento o rápido que gire la rueda de mis circunstancias, a mi como barro no se me pide comprender lo que está sucediendo – solo se me pide tener fe en un Alfarero soberano que me conoce, que me ama, y quien está haciendo de mi una vasija que mejor le parece.

 



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