Barro Pulido

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Lunes, Marzo 11 del 2019



¡Cuán difícil es ser barro! Ser rescatado y escogido, ser pensado y diseñado es maravilloso. ¡Pero todo lo que sigue es tan duro! ¿A quién le gusta el proceso de ser preparado y amasado en pureza y santidad, y que cada rato le saquen las piedritas de pecado y las burbujitas de orgullo y de ira? ¿Quién se deleita en ser tirado en el torno, y constantemente y con firmeza ser centrado en la voluntad del Alfarero? ¿Quién anhela Sus manos fuertes sobre él, a veces presionando hacia arriba y hacia afuera con circunstancias difíciles, y otras veces aplastando y machacando el carácter y el comportamiento? ¿A quién le gusta la idea de que tenga que someterse a los arranques y las paradas y los giros de la rueda de la vida que el Alfarero determine?

¡Y todavía la vasija no está lista! ¡Todavía le falta trabajo! Hay que formar bien las paredes de la vasija, adelgazando y redondeando perfectamente el barro. Hay que elaborar bien los bordes superiores, para que queden delgados y simétricos. Hay que pinchar el barro por un lado para que se forme un pico. Por el otro lado, hay que hacer y pegar una oreja. Luego, cuando la vasija ya esté elaborada como el alfarero la haya visualizado, se despega del torno con un hilo o con un alambre, y se pone a un lado para secar. Cuando haya secado por más o menos un día, hay que pulirla: con una herramienta de madera parecida a un cuchillo, el alfarero tiene que quitarle todo el exceso de barro que no permite que se asienta bien. Y ahora es el momento, cuando el barro esté medio seco, para decorar la vasija, usando otra herramienta filuda para hacer las marcas y figuras deseadas.

 



Más presión de las manos, pinchazos con los dedos, objetos punzantes, hilos y alambres, herramientas filudas – todo esto hace parte y es necesario en el proceso de elaborar una vasija de barro.

Y todo este trabajo, todas estas tareas también hacen parte y son necesarios cuando nuestro Alfarero celestial quiere formarnos a nosotros, el barro en Sus manos. Cuantas veces no hemos sentido Sus manos alrededor de nosotros, presionándonos para hacernos más simétricos y equilibrados. Cuantas veces no hemos sentido Sus dedos pinchándonos por un lado, pegándonos por el otro – apretando nuestra paciencia, añadiendo otro desafío. Cuantas veces no hemos sentido sobre nuestras vidas los hilos y los alambres de Dios que nos cortan y nos quitan de donde ya no debemos de estar. Cuantas veces no hemos sentido sobre nuestro carácter, sobre nuestras actitudes y nuestros comportamientos los cuchillos de Dios que nos raspan y nos liman para que seamos más limpios y más pulidos. Cuantas veces no hemos sentido sobre nosotros las herramientas filudas que Dios usa para marcarnos, decorarnos y adornarnos con Su gracia, Su bondad y Su amor. 

A veces, todo lo que nuestro Alfarero hace con nosotros se siente fuertemente. Todo duele. Todo causa heridas. Pero todo es necesario para que nosotros como vasijas de barro seamos elaborados así como Él quiere.

“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro …?” (Romanos 9:20,21ª)

Nuestro Alfarero, con todo Su trabajo en nuestras vidas, nos está formando para ser instrumentos para honra, santificados, útiles al Señor, y dispuestos para toda buena obra (2 Timoteo 2:21). A través de nosotros, Sus vasos de barro, quiere mostrarle al mundo el tesoro de la gloria de Jesucristo, y la excelencia de Su poder obrando en nosotros (2 Corintios 4:6,7).

Amig@: que Dios como Alfarero nos trate, nos alise y nos marque con Sus herramientas que aprietan y cortan y liman - ¡eso es bien difícil! Quisiéramos poder evitar todo lo que nos duele en la vida. Pero son los procesos que hieren, los que nos pulen y los que dejan sus huellas en nosotros que más nos santifican, más nos embellecen, y más nos hacen útiles al Señor. Dejemos entonces que Él, como Alfarero, haga lo que quiere y tiene que hacer en el barro de nuestras vidas.

Y recordemos además que “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.” (Romanos 8:18)



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