Dia 2 - En el Desierto

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En mis lecturas, he encontrado que la época de la Cuaresma empieza recordando nuestra mortalidad el Miércoles de Ceniza, y sigue recordando los 40 días de Jesús en el desierto siendo tentado por el diablo. Lean Mateo 4:1-11, Marcos 1:12 y 13, Lucas 4:1-13.

Miremos primero el contexto de este evento. Jesús recién había salido de Galilea, buscando a Juan el Bautista por el Rio Jordán, para ser bautizado por él. Estaba por los lados del rio, con la muchedumbre alrededor. Después de ser bautizado, los cielos le fueron abiertos. El Espíritu de Dios descendió como paloma y vino sobre El. La voz celestial de Dios Padre le dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” Un momento inolvidable: cumpliendo toda justicia; y viendo, sintiendo, escuchando a su Padre y al Espíritu Santo en completa unidad, satisfacción y gozo junto con El.

“Y luego el Espíritu le impulsó al desierto.” (Marcos 1:12) Parece que Jesús fue abruptamente sacado de un tiempo de hermosa unión trinitaria, para ser llevado por el mismo Espíritu de Dios a un lugar solitario y árido, para ser tentado por el diablo. Aquí empezó el verdadero trabajo, lejos de toda distracción. Jesús, ya no al lado del rio, sino en el desierto. Ya no rodeado de gente, sino solo. El Espíritu ya no suave como una paloma, sino impulsando fuertemente. Dios Padre ya no proclamándole palabras de amor y complacencia, sino completamente silencioso. Y este tiempo de prueba, de ayuno, con las fieras duró 40 días y 40 noches.

Para nosotros es igual: el verdadero trabajo espiritual nuestro empieza en el desierto, lejos de toda distracción, donde estamos a solas con Dios. Quisiéramos ser mas “espirituales”: conocer y amar mas a Dios, vivir vidas mas consagradas, orar mas, servir mas … Y pensamos que nuestro problema radica en nuestras muchas ocupaciones, el ruido que nos rodea, las muchas voces de nuestros días con sus muchas demandas. Si solo tuviésemos más tiempo y mas quietud, con todos y todo en nuestras vidas mas arreglado y resuelto, entonces si podríamos ser las personas que quisiéramos ser.

Pero el problema no son las fuerzas externas. El problema no está por fuera de nosotros – está dentro de nosotros. No nos gustan los desiertos; no nos gustan los lugares solitarios. Entonces, si no estamos demasiado ocupados ya, creamos nuevas ocupaciones, con tal de evitar estar a solos y en quietud con nosotros mismos y con Dios, con tal de evitar enfrentarnos con la realidad de lo que verdaderamente somos.

Lugares y tiempos solitarios nos asustan. ¿Cómo es que hago nada? ¿Cómo es que paso tiempo en quietud y oración? Y en esos silencios tan abrumadores, ¿qué es lo que voy a descubrir? de mi mismo? de Dios? ¿Cómo enfrentare la realidad de mi verdadero “yo” a la luz de la majestad y la santidad de un Dios que, aunque silencioso, está presente conmigo?

Al entrar en el segundo día de la Cuaresma, quizás el Espíritu de Dios a nosotros también nos quiere impulsar al desierto, lejos de gente y ruido, ocupaciones y demandas – para estar a solas con Dios, conociéndolo mejor a Él, y conociéndonos más a nosotros mismos. Ojala no huyamos – ojala entremos en este tiempo con sabiduría, con humildad, buscando la Verdad. Si Dios es Amor, y lo es, lo que encontraremos en nuestros desiertos es una plena comprensión de la anchura, la longitud, la profundidad y la altura del amor que Cristo nos tiene, un amor que excede a todo conocimiento (Efesios 3:18 y 19). ¿No vale la pena la prueba en el desierto, si el resultado final es saber sin duda alguna que Dios me ama con un amor eterno?

Siguiendo juntos en amor en el camino …

Su Pastora, Beverly

(Ideas tomadas de Shadows Darkness and Dawn: A Lenten Journey with Jesus de Thomas R. Steagald)


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